lunes 14 de noviembre de 2011

Excusas

No me gustan las excusas. Ni las explicaciones sin venir a cuento. Ni las historias con tufo a mala conciencia.
Y no me gustan porque no las busco ni las pido ni las doy.

"Yo quería, pero...".
Si querías y no pudiste por alguna razón de peso, no pudo ser y punto. La próxima vez será.
Si no te apeteció, no te apeteció. Sin excusas porque aquí nadie es dueño de nadie y nadie te reprocha que no te apetezca.
El hecho de no habernos visto no cambia en función de por qué no quedamos. 

Y ni yo pregunto ni espero que tú me lo cuentes.
Pero esos mensajes, mails y similares, me matan.
Me recuerdan a cuando era pequeña y faltaba al colegio y tu madre o tu padre tenía que escribirte un justificante que llamaban mis monjas.
"Susurros no ha podido asistir a clase el martes 01.10.1988 por encontrarse enferma. Firmado: Madre de Susurros".

Y además es que no sé qué contestar.
Me quedo siempre con la impresión de que una tarde-noche que podía haber sido morbosa, sugerente, divertida, graciosa, excitante...pierde la magia en un maremagnum de excusas forzadas que le quitan la gracia al asunto.
Mejor me llamas cuando me quieras contar que sí puedes verme, que piensas emputecerme y me mandas una de esas fotos tuyas que tanto me gustan. Eso sí me anima el día. Mmm.

martes 8 de noviembre de 2011

Sexo casposo

[No es que pase nada. Si el día tuviera 25 horas, me seguiría faltando tiempo pero al menos podría escribir algo en el blog de vez en cuando.]

Leo en el periódico que los universitarios invitan a copas para conseguir que las tías follen con ellos. 
Y que en el fondo lo hacen porque las tías que beben suelen ser más promiscuas. 

Pero ¿en qué mundo vivimos?. Y sobre todo, ¿de dónde sacan algunos ese concepto tan extraño, tan casposo y tan aburrido del sexo?

A mí no me gusta que me inviten como si fuera una damisela mantenida. Y quizá no me guste precisamente por ese concepto que subyace detrás, ese "si te invito, me debes algo". Yo invito cuando quiero invitar, no cuando quiero que me deban algo a cambio. 

Luego están las universitarias que se dejan invitar. Si desde el principio quieren follar, dejarse invitar (ya de paso) es cara dura. Si no quieren follar, barato se venden por un par de copas. 
Y ¿desde cuándo hay que convencer a alguien paraque quiera tener sexo contigo? ¿Por qué muchas chicas parece que tienes que "liarlas" para que quieran sexo? 

Yo también he sido universitaria, también he salido con pocas pelas pero eso sí, siempre he tenido claro con quién quería y con quién no quería follar. 
Y no porque me invitaran o no lo hicieran (que no lo hacían porque yo no me dejaba) sino porque sentía algo entre las piernas que no se puede comprar. Ni pagar con dinero. Esas ganas que te llenan, ese ardor que te inunda. Tu cerebro recreando situaciones que te encantaría que pasaran, imágenes que harían ruborizarse a muchos casposos del sexo. ¿Se puede convencer a alguien para sentir eso?. No, definitivamente no. 

Las tías que beben son más promiscuas. No es eso, lo que pasa es que muchas son demasiado pavas y mojigatas para hacer lo que les apetece y usan el alcohol como la excusa de "había bebido mucho y me desmelené". No, guapa, lo que pasa es que el alcohol te dió la oportunidad de hacer lo que siempre piensas en tu cama sola pero no te atreves a decir en alto no vayan a pensar que eres un poco ligera de cascos. 

Yo soy promiscua (qué palabra más fea, suena como a delito, como a pecado de los que te lleva directa al infierno...) pero lo soy sobria y borracha. Lo soy cuando bebo y cuando no. 

En fin, que no sé dónde ha quedado el concepto del sexo que yo uso. Follar porque te apetece, porque tú quieres, sin que nadie te "compre" con 2 copas de garrafón, sin sentirte obligada sino porque el cuerpo te lo pide, porque tienes tantas o más ganas que él de probar, de sentir, correrte, lamer, gritar de gusto. Con un tío que esté deseando darte placer, tanto como tú a él, que no use más armas para convencerte que su deseo y te haga vibrar. Y sobre todo, que a la mañana siguiente no puntúe tu promiscuidad sino que te eche un buen polvo mañanero. 


miércoles 3 de agosto de 2011

El rubio más guapo del barrio


Hoy me he encontrado por la calle a alguien que no veía hace como 12 años por lo menos. 
Le he reconocido porque sigue igual, exactamente igual que entonces. Más alto, otras zapatillas, el pelo más largo pero igual en lo esencial.
Nos hemos saludado, nos hemos dado dos besos y hemos estado hablando un par de minutos. 
¡Menuda sensación más rara! Te encuentras 12 años después con alguien que durante una época fue la razón de tu vida. Sí, así era porque yo tenía 14 años y a esa edad todos son muy tontos y todas somos muy pavas. 
Él era el rubio del grupo y a mí me volvía loca; a él le gustaban mis rizos y mi piel morena. 
Durante un año jugamos a perseguirnos, a dejarnos y reencontrarnos, a morir cada día que no estábamos juntos y resucitar en cada beso a escondidas en los bancos del parque.
Y yo, que nunca he sido ñoña, lo era con él. Porque tenía 14 años y hubiera vendido mi alma al diablo por aquel chaval que a mí me parecía, con diferencia, el rubio más guapo del barrio. 
Luego él se echó otro grupo de amigos, nos veíamos poco. La cosa se enfrió.
Ya con 17 años o así, coincidimos una tarde de verano, nos dejamos llevar y acabamos en su casa practicando lo que para el recuerdo quedará como uno de los peores polvos de la historia. De hecho, llamar a eso sexo sería una tesis difícil de sostener ante un tribunal. 
Y poco tiempo después, nos perdimos la pista. O nos la quisimos perder más bien.
De hecho su hermano es uno de mis mejores amigos al que veo a menudo pero él y yo nunca más hemos vuelto a coincidir.


Y decía que era una sensación rara porque 12 años después te reencuentras con él, al principio me arrepentí por un momento de haberle saludado incluso mientras se acercaba a mí y yo pensaba: "¿de qué hablo yo ahora con éste?", luego se me pasó por la cabeza que es increíble cómo alguien que significaba todo en un momento de tu vida, se pierde sin dejar huella durante 12 años sin que le eches de menos y medio minuto después, ya roto el hielo, descubro que sigue teniendo el mismo humor de entonces y que me hace reír con ese fino sarcasmo que siempre me ha encantado. 
Pero no sé, una sensación rara, al fin y al cabo. 


Hemos hablado un par de minutos, hemos conectado enseguida, nos hemos puesto al día de qué es de nuestras vidas y ha dicho que tenía mucha prisa pero me ha dicho que le pedirá mi teléfono a su hermano para llamarme. Dos besos raudos y ha salido corriendo. 
Me he quedado por un momento allí parada, mirándole perderse porque estos reencuentros me dejan siempre pensativa, me hacen añorar momentos que ya nunca van a volver a existir. 
Seguramente no vuelva a saber de él, cada uno seguirá su vida, en dos días ni siquiera  perderemos un segundo en recordar al otro pero yo siempre podré decir que sigue siendo el rubio más guapo del barrio.

miércoles 20 de julio de 2011

Gatillazos

Un gatillazo lo puede tener cualquiera. Creo que ellos les dan más importancia de la que les damos nosotras. O, al menos, yo. 
No pasa nada. Te relajas, piensas en otra cosa, hablas de otro tema, repones fuerzas y cuando te quieres dar cuenta, se te ha olvidado y estamos en el mismo punto donde lo habíamos dejado.

No hace falta una explicación que lo justifique ni un por qué ni una disculpa.
También yo, independientemente de la habilidad de mi compañía, tardo a veces más en alcanzar el orgasmo y no por ello he de disculparme.

Pero los hombres han de curar su ego herido, dejar claro que su masculinidad no se comporta así por lo general, que el macho que llevan dentro no tiene ningún problema sexual, les entra miedo por si la teoría evolutiva les descarta por impotentes, les asalta el complejo por no dar la talla de macho cabrío que copula incesante y sueltan la frasecita:

- A mí esto es la primera vez que me pasa.


Y yo, no sé por qué (y lo mismo me confundo) pero me da la impresión de que justo en ese instante lo empiezo a concebir como un problema porque me temo que ese ansia por aclarar que siempre han dado la talla es precisamente su intento por esconder que no lo es, que ya ha habido otra ocasión.
O quizá es que me aburre/cabrea/da la risa/parece ridícula esa reacción de macho alfa.
Pero esa especie de respuesta/excusa/explicación me sobra. Porque a partir de ahí sí que se estropea la situación. 

lunes 18 de julio de 2011

De vuelta

Después de un viaje de placer, un viaje por motivos familiares y uno de trabajo, estoy de vuelta.  


Y ahora sólo pienso en los días de descanso y en los que vienen dentro de poco otra vez. En la sensación de estar en la playa, sentada en la arena, oyendo las olas romper y la brisa sobre mis mejillas. 
Pero sobre todo me encanta meter los pies en la arena, enterrarlos. Formar una montaña de arena sobre ellos y después separarlos despacito mientras la montaña se parte en dos y por la sima que se abre se deslizan los granos de arena. Me imagino que cada grano de arena es un problema, una preocupación que se pierde para no volver. Y les veo caer, sin posibilidad de salvarse, sometidos a la tiranía de la gravedad, cayendo, cayendo. Y así me puedo pasar un montón de tiempo. Ésa es mi terapia. 


Necesito vacaciones otra vez. 


domingo 5 de junio de 2011

Ni él es mi Romeo ni yo su Julieta

Hay amantes que duran lo que tarda en salir el sol. 
Otros duran algo más, hasta que te sabes de memoria y eres capaz de prever cada beso que te va a dar, el orden en el que va a despojarte de la ropa y las palabras que va a usar y te aburres de que no se entregue a ningún nuevo juego. 
Y hay otros que duran una eternidad. Y él es de ésos. Porque en cada cita consigue sorprenderte, porque nunca hay suficientes sitios para dar rienda suelta a nuestra pasión, porque siempre guarda algún as en la manga para dejarte boquiabierta, porque se apunta a cada nueva perversa idea que cruza mi mente. En resumen, cada cita es nueva, es diferente, es especial. Y eso, después de varios años, no deja de ser un enorme mérito. 
Cada uno tiene su vida, ni a mí me interesa si la morena que le planta dos besos con cara de "huy, te pillo acompañado" va a calentar mañana su cama ni a él le interesa con quien la comparto yo cuando no estoy con él. 
Ni él es mi Romeo ni yo su Julieta. 
Pero cuando nos entregamos, entonces saltan chispas, ese día reservamos cama en el universo paralelo donde no existe nadie más que su pasión y la mía, entrelazadas en un remolino de orgasmos. 
Sobre esa base de confianza nos redescubrimos en cada ocasión en la que nuestras agendas coinciden en la coordinada espacial de sus ingles.
Y no parece nada difícil, nada se fuerza, nada se explica. Ese es el otro ingrediente que lo hace tan especial. Aunque fuera de nuestro universo, el resto de la gente se empeñe en explicarse hasta la saciedad tonterías que no le incumben, en pedir excusas que no deberían exigir, en poseer lo que no te pertenece, en querer "pasar de nivel" como si eso fuera el único fin que tuviera una interrelación entre dos personas.


El otro día fue uno de esos días que dejan tan buen sabor de boca. Su ingenio me hace reír y eso me predispone para ponerme más cachonda. Su mirada le añade ore ingrediente más a la ecuación del placer. Y ese deseo que tiene y que me contagia, como si yo no tuviera suficiente con el mío, hace el resto. 
Y 1+1 siempre suman dos. Pero siempre lo hacen de una manera distinta. 
A veces me arrastra a una calle poco transitada para perder sus dedos entre mis piernas y dejarme al borde del orgasmo mientras va lamiendo sus dedos al salir a la calle principal sabiendo que me pone verle hacer eso. 
A veces soy yo la que le acaricia por encima del pantalón hasta notarle duro mientras las copas se quedan aguadas. 
En ocasiones somos los dos los que pagamos impacientes para caminar a zancadas hasta su piso y desnudarnos en el descansillo sin atinar a meter la llave en la cerradura. 
Otras veces soy yo quien desde el baño le envío una foto de mi coñito depilado para volver a la barra y encontrarle mordiéndose la lengua excitado. 
De vez en cuando me sorprende con unas esposas, un nuevo aceite lubricante o una escena de una peli porno que quiere probar conmigo. 
A él le cuento yo las fantasías que últimamente me rondan por la mente para encontrar siempre un sí por respuesta. 
La ecuación es siempre diferente. Pero siempre con el mismo resultado. Un día especial, una cita diferente, esa libertad de sentirte a gusto, los orgasmos que desafían las leyes naturales para ser apoteósicos y una enorme sonrisa que no puedo despegar de mis labios en unos cuantos días.

lunes 30 de mayo de 2011

Día tonto

Mis hormonas han dado un golpe de estado. El que dan de vez en cuando antes de que me venga la regla. 
Así que tengo cambios de humor como una veleta, paso de la euforia a la melancolía en milisegundos, las lágrimas ruedan a ratos por mis mejillas sin que sea capaz de decidir si son de risa o de pena (a pesar de no tener ninguna razón para estar triste), me duele la cabeza, a ratos estoy hipercachonda y a ratos apática sexualmente y tengo las tetas hinchadas y muy sensibles. 

Yo no digo que tenga sentido, ni siquiera digo que tenga razón o que haya que comprenderme, pero es así. No lo puedo cambiar. No me aguanto ni yo. Y hoy es lo que hay. 


Como me conozco, hoy no he hecho planes. Me he quedado en casita, me he bañado hasta que se me ha arrugado la piel, me he dado crema, me he hecho un peeling y he decidido cenar viendo lo más estúpido que he encontrado en la TV para distraerme. A pesar de ser una comedia (o lo que los americanos definen como una comedia con risas enlatadas que nos dicen cuándo hemos de reírnos), una frase tonta ha hecho que me corrieran lágrimas por las mejillas. No por nada en realidad, nada concreto, sólo porque sí. 
Como me he dado cuenta de lo ridículo de la situación, me ha entrado la risa, una risa que se ha convertido en carcajadas al ver mi imagen de loca desencajada reflejada en el cristal de la ventana.
Los gatos se han escondido detrás del sillón, por si acaso. 


Total que, en medio de este proceso, me llega un mensaje al móvil. 
- La última vez no pudimos vernos, cuándo te voy a ver? 
Y como estoy susceptible y creo leer un pequeño reproche que no me gusta nada en el tono en el que está redactado pero como en realidad no tengo derecho a pagar mi mal humor con nadie, no contesto. 


10 minutos. Otro mensaje. 
- No me has contestado. No me vas a contestar?
Ufff, respiro hondo. Odio que me agobien, que me pida explicaciones alguien que ha follado conmigo como si eso le diera derechos sobre mí. Que me pida explicaciones quien no tiene derecho a recibirlas. 
Respiro hondo. Contesto: 
- Ya hablaremos, hoy no es buen momento. 


13 minutos más tarde. Bip bip. Otro mensaje. 
- Es que yo quiero hablar hoy. Te llamo? 


Ya, y yo quiero un chalet en las Seychelles, jubilarme rica a los 33 y follarme a Brad Pitt. Pero así es la vida, no siempre tiene uno lo que quiere. 
Joder! Luego tengo fama de borde, se me critica porque dicen que soy seca pero es que CUÁL ES LA PARTE QUE NO HAS ENTENDIDO DE HOY NO ES BUEN MOMENTO??. 


Respiro hondo 5 veces. 
- HOY NO ES BUEN MOMENTO. Mañana te llamo. 


Uff, creo que lo mejor es que me ponga la peli de los días tontos.

miércoles 25 de mayo de 2011

Cosas mías

Nos conocemos hace tanto tiempo y tan bien que nos sobran la mitad de las palabras, quizá incluso todas. No hemos de explicarnos nada. Todo fluye, así, sin esfuerzo, simplemente fluye.

A veces es gratificante la novedad y probar nuevas pieles, nuevos besos, otras caricias. Sin embargo, en otras ocasiones no hay nada que más desee que estar contigo. Sabes todas esas pequeñas cosas de mí, mis manías, mis neuras, mis paranoias, todo eso que casi nadie sabe no porque sea un secreto sino porque hay que conocer mucho a alguien para saber determinadas cosas.

No necesitas preguntarme si quiero café para desayunar porque sabes que no bebo café.
Y me reconoces en el supermercado porque estoy oliendo todos los geles antes de decidirme por uno. O porque sabes que nunca cogería lo primero que hay en una estantería, siempre cojo algo de la 2ª o 3ª fila.

No me acaricias el pelo porque odio que me toquen el pelo y nunca se te ocurriría hacer piececitos conmigo consciente de la grima que me da que la planta de los pies de alguien roce mi cuerpo.

Nunca llegas a la hora que hemos quedado, sabes que siempre llego tarde.

Sabes bien que cuando tengo las hormonas tontas puedo llorar y al momento reírme y todo sin que medie razón para ello pero con una intensidad que es difícil de igualar.
Conoces no sólo los susurros al aire sino los que se esconden bajo la coraza.

Conoces la regla de los huevos fritos (no me atrevo a ponerla aquí porque es demasiado ridícula hasta para alguien que está tan loca como yo) y las preguntas existenciales que me preocupan en mi día a día.
Y sabes que soy capaz de jugar durante horas al pilla pilla con mis gatos o al fútbol en el pasillo de casa con bolitas de papel albal.
Que nada me hace más gracia que un chiste malo y corto aunque me lo cuenten mil veces porque siempre se me olvidan.

Sabes que tengo un trauma con las peras pero que comería cerezas hasta morir empachada. 

No mucha gente sabe que a final de mes me pica siempre la palma de la mano derecha antes de cobrar el sueldo.
O que mis amigas me llaman por un nombre que sólo les consiento a ellas por ser ellas pero odiaría si me lo llamara otra persona.

Sabes que canto cuando tengo frío o que dejo rodar la r en la lengua cuando algo me da grima y que casi nunca me quedo sin palabras.

No hace falta que te diga que lo que más me gusta de mí son mis dos lunares simétricos o que cualquier cosa si es roja me gusta el doble porque ese color me atrae irremediablemente. 


Conoces de sobra lo único que me molesta para dormir o que se me colorean los mofletes cuando tengo mucho sexo. Y que los animales me vuelven loca y despiertan en mí una ternura infinita. 

Sabes que odio los martes y me ponen melancólica los días grises con lluvia. Me encanta el sol. Mi elemento, mi medio es el agua; de ahí mis eternos baños con espuma hasta quedar arrugada como una pasa. 

Y que leo de todo, cualquier cosa menos poesía.Me muerdo el labio inferior pero sólo en un extremo cuando estoy excitada. 
O que no tengo ningún pijama desde hace siglos porque siempre me ha gustado dormir desnuda, que adoro la sensación de darme crema por el cuerpo, me duermo con una facilidad espantosa siempre que quiera dormirme y odio viajar en tren.

Sabes miles de pequeños secretos. Y millones de tonterías. 
Por eso me resulta tan fácil sentirme a gusto contigo. 

sábado 14 de mayo de 2011

No me des las gracias

- No me des las gracias. - dice él confesando que le da vergüenza que lo haga.

Pero es que no es que te las de, no es que te las regale, es que te las mereces, te las has ganado.
Porque tomando algo, estamos al mismo nivel por decirlo de alguna manera (que no es la mejor forma de explicarlo pero sí la mejor que se me ocurre).
Nuestro concepto de relaciones se parece mucho pero en cuanto nos recluimos entre 4 paredes, mudos testigos de lo que acontece entre dos personas que se entregan al placer, siempre salgo ganando. O siempre salgo perdiendo, según se mire. Gano porque consigo muchos más orgasmos que los que consigo provocarle. Perdiendo porque no puedo devolverle lo que me da.
Pero sobre todo, salgo ganando porque la calidad es indiscutible, porque es muy bueno, demasiado bueno en lo que hace.

- No me des las gracias.

Pero te las tengo que dar porque jadeo al acordarme de cómo haces que pierda el sentido. Porque semanas después aún recuerdo esa sensación y me estremezco. Porque sabe dónde está el resorte de mi placer.

- No me des las gracias.


¿Cómo no dártelas? Si nunca recibo un no por respuesta, si siempre me das más de lo que esperaba a pesar de que las expectativas que tengo contigo están siempre un par de escalones más arriba de las que tengo con los demás.

- No me des las gracias.


Lo siento, pídeme otra cosa porque en eso no puedo complacerte. Cuando el orgasmo me deja volver a respirar de manera acompasada, cuando los dedos de mis pies vuelven a estirarse y no me sacuden los temblores del placer, la primera palabra que nace en mi boca, la única que se me ocurre atinar a decir, la que me quema la punta de la lengua es ésa, es gracias.

- No me des las gracias, que me da vergüenza, tonta.


Ya, pero no puedo evitarlo. Porque puedo dártelas con los ojos aún muy abiertos, como si no creyera que esto fuera verdad y sin embargo, tú sabes a qué me refiero. No hablo de mariposas en el estómago, no hablo de cursilerías ni de sentimientos, hablo de sensaciones, de placer, de deseo, de vicio, de emputecimiento, de gusto. De eso hablo. Y de nada más. Pero eso, a ti, no he de explicártelo. Y es una ventaja, no te creas.

- No me des las gracias.


Sí, te las doy. Porque te las mereces, te las ganas, puedes decir bien alto que eres el honroso merecedor de ellas.

lunes 9 de mayo de 2011

Para lo que tú quieras

A mí el acento argentino me ha puesto siempre mucho.
Así que cuando fuí a pedir unas copas y me encontré con aquellos ojos al otro lado de la barra, me quedé durante un par de segundos, anonadada.
Porque era una de esas miradas que transmite "imagínate-mi-cara-cuando-me-corra-mirándote". Y unos segundos después su acento argentino preguntándome qué iba a querer me derritió tanto que pensé que iba a mojar el tanga.

En la siguiente ronda, cuando me ofrecí a ir a pedir yo después de no quitarle la vista de encima mientras se afanaba por atender a todos los clientes de un bar lleno de gente un viernes por la noche, pedí otra ronda y mientras clavaba sus ojos en mí, me soltó un "te pongo lo que quieras las veces que tú quieras" y entonces sí que mojé el tanga porque ese acento es como una especie de descarga eléctrica que me deja atontada.
Recogí el guante que me había lanzado y le pregunté que si ese "lo que quieras" incluía algo más que una copa. Y me salió bien la jugada porque él curraba hasta las 3 que se hacían las 3:45 mientras recogía pero luego "estoy libre para lo que quieras".
Así que me fuí a otro bar y prometí ir a buscarle cuando terminara su turno.

Allí estaba yo a las 3:45 (bueno, no, con 10 minutos de retraso porque si no, no sería yo) y allí estaba él, con cara de impaciencia. Iba pensando que quiza habría cambiado de opinión, que quizá no le encontraría, pero su cara ya me dijo que iba confundida porque si el deseo tuviera cara, sería la suya.

Echamos a andar, camino de un bar donde conocernos mejor pero ni siquiera llegamos a doblar la esquina antes de que sus labios buscaran el camino a los míos y un susurro en mi oreja me hiciera temblar de deseo. Sus besos sabían a chicle y a vicio. Sus manos dibujaban caricias bajo mi vestido y sus ojos me miraban como si me comieran con sólo mirarme.

Recompuesto el vestido, con su sabor en mi boca y mi coño palpitando de deseo, me metió en un bar y me pidió una copa que se me hizo eterna. Porque cuánto más quieres controlar el deseo, más difícil es hacerlo. Y su voz era suave pero su acento me ponía muy cachonda. Sus gestos eran tranquilos pero sus manos, siendo suaves y moviéndose despacio, sabían ponerme a mil. Su actitud transmitía tranquilidad pero sus ojos transmitían fuego.

Y en una cama de un séptimo piso a un paso del séptimo cielo, después de perder la compostura en la calle, en el taxi, en el ascensor...entré en el piso a una caricia de distancia del orgasmo.
Cuando creí que aquel argentino ya lo tenía todo hecho, que ni siquiera tendría que esforzarse para arrancarme un orgasmo tras otro, resultó que él se empeñó en esforzarse por arrancarme el doble de los orgasmos que yo habría calculado que tendría.
Entré creyendo saber cuánto me ponía y aprendí que era capaz de ponerme mucho más allá de mis cálculos.
Aprendí que esa tranquilidad, esa parsimonia, esa cadencia con la que movía su cuerpo, sus manos, su boca, sus dedos al ritmo de su voz, me excitaba incluso más que el sexo salvaje que tanto me hace perder los papeles.
Porque sabía lo que hacía, él imprimía el ritmo, controlaba mi deseo, me hacía rozar el paroxismo de la locura mientras yo me sentía tan en la gloria que sólo podía emitir pequeños gemidos porque no tenía fuerzas para más.

Me follaba despacio pero sin dejar ni un escaso milímetro de esa palpitante y durísima polla fuera de mí, me acariciaba suavemente como una especie de mariposa traviesa que se posaba sobre los recovecos de mi piel y daba la impresión de tener toda una vida por delante, sin prisas, sin reloj, sin impaciencia para pasarla conmigo entre esas 4 paredes. Sin embargo, me miraba con los ojos bañados en vicio y gemía con una intensidad que desataba oleadas de deseo en mí. Su lacerante deseo penetraba entre mis piernas, crecía, nadaba en mi propia humedad.
Llegó el momento en el que, satisfecho por la cantidad de placer que me había proporcionado, se dejó llevar y me dejó disfrutar de su orgasmo.

Cuando empezamos el siguiente asalto, me esforcé por cambiar las tornas, por hacerle disfrutar, por devolverle una pequeña parte de lo que yo había sentido pero con ese acento que me obnubila, en un tono acaramelado que escondía una orden, me dijo que "nada me gusta más que verte disfrutar, ya te he dicho que estoy para lo que tú quieras, déjate hacer". Así que de nuevo asumí el papel pasivo, la parte cómoda, el sueño hecho realidad de ser la complaciente dama que se deja dar placer. Y menudo placer. Sin aspavientos, sin prisas, sin brusquedades pero tan efectivo, tan eficaz, tan vicioso.

Al despedirme, me dió su número y me susurró un "yo estoy para lo que tú quieras, ya lo sabes". Y a punto estuve de volver a meterme en esa cama y no salir pero fuera de esa habitación era ya la hora de casi merendar y yo tenía incontables llamadas perdidas en el móvil así que me fuí pero pienso volver, boludo.